Mostrando entradas con la etiqueta milagros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta milagros. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de enero de 2011

El milagro de la Tizná.

retablo-jerez

El milagro de la Tizná

-Nuestra señora de la Purificación-


En 1653 un misterioso rayo mató a tres niños en el pueblo granadino de Jerez del Marquesado y causó graves daños en el patrimonio religioso de la iglesia. Se dice que su patrona, Nuestra Señora de la Purificación, conocida popularmente como La Tizná, obró el milagro de devolver a la vida a los pequeños. Esta es su historia.

Terror en la tormenta
Tras varios años de lucha contra escépticos y detractores, se ha encontrado un manuscrito que documenta lo que cuenta la tradición. Cuando crucé el umbral de la sacristía de la iglesia parroquial en compañía de Manuel Millán Arjona, espléndido sacerdote y mejor persona, mi corazón estaba agitado. Allí, en una vitrina, reposaba un papel apergaminado y protegido por tapas de cuero que fue redactado hace tres siglos y medio. Otro clérigo, Francisco de Moya, encargado de aquel mismo santuario a mediados del siglo XVII, tuvo la agudeza de poner por escrito al día siguiente el prodigio del que había sido testigo todo el pueblo: “A diez y ocho días del
mes de junio de este presente año de 1653, fecha en la que la Iglesia celebra los natales de los gloriosos mártires hermanos San Marcos y San Marceliano, a las cuatro o cinco de la tarde, se oyó un espantoso trueno y vino un desacostumbrado y gran relámpago que pareció encender toda la villa con el fuego que traía al caer en la iglesia”. El religioso prosigue: “Un rayo cuyos admirables y prodigiosos efectos referiré para gloria de Dios nuestro Señor y culto y veneración de la reina de los ángeles, la Virgen Santísima de la Purificación, por cuya intercesión y ruegos creemos todos que esta villa no quedó hecha polvo y ceniza en este día de ira de Dios nuestro Padre y Señor”. Así de minucioso en sus detalles comienza el texto de aquel sacerdote, en el que relata que un rayo impactó directamente sobre la torre de la iglesia con tal fuerza que destrozó una cruz de madera, presuntamente milagrosa, que estaba envuelta en un lienzo blanco. Pero la cosa no había hecho más que empezar, ya que aquel rayo se transmitió por toda la torre, donde se fragmentó en dos. Uno de los rayos surcó el capitel, atravesó la muralla y pasó por la sacristía para terminar en el altar mayor, donde impactó contra la imagen del Santísimo Cristo. Según reza el documento, “le quebró tres dedos –contando
desde el pequeño– y llegó hasta el tabernáculo del Santísimo Sacramento, en cuya cima estaba un Santo Niño Jesús, a quien le rompió una corona de plata y el brazo derecho, y le quemó el barniz de la mejilla y de la garganta”. Después de cometer tales destrozos, el terrible rayo se consumió tras romper el arca del Santísimo Sacramento y la puerta del Sagrario, así como los cuadros, los candelabros y los manteles que allí se encontraban.
virgen-la-tizna
Milagro reconocido
El asunto no habría pasado a mayores de no ser porque el otro fragmento del rayo tuvo un inoportuno encuentro con tres niños del pueblo, que estaban tocando las campanas de la iglesia. “Alonso, hijo de Luis de Alcalá, Juan, hijo de Pedro de Sierra,
y Bartolo, hijo de Francisco Rabelo, se quedaron como muertos por grande espacio. Tenía Juan abrasado el vestido, y Alonso un agujero por la parte de la espalda como de bala, quemado alrededor, y de olor pestífero”, afirma el escrito redactado por el párroco Francisco de Moya. Tras dejar muertos a los tres niños, el rayo siguió su marcha hacia el interior de la iglesia, donde destrozó el suelo de la torre, un par de ventanas y los muros. Salió finalmente por la parte trasera de la capilla de Nuestra Señora de la Purificación y, después de destruir diferentes enseres, se hundió a los pies de la imagen de la Virgen, como desafiándola. Curiosamente, tres décadas antes un rayo similar, pero de menor potencia, había entrado por uno de los ventanales del templo y había caído a tan solo un palmo del lugar donde había impactado este, de modo que se podía ver la huella ennegrecida del primero. ¿Dos rayos rendidos justo a los pies de la mítica talla? Lo extraño del asunto deja poco lugar al simple azar. “Bajaron a los niños a la iglesia y, puestos ante la Santísima Imagen de la Purificación, fueron grandes los clamores, los llantos y las súplicas
que hacían sus madres y otras piadosas mujeres. Todos los vecinos, absortos y atemorizados, fueron a la iglesia a pedir misericordia a Dios Nuestro Señor, creciendo el llanto y las lamentaciones. Poco después los niños volvieron en sí, atónitos y asombrados. Se miraron desnudos y se les halló en las carnes unas cintas moradas, como sangre seca. Fueron grandes las alegrías y las voces que se mezclaron en aquella confusión viendo vivos a los niños”, relata el testimonio reflejado en las ajadas páginas del manuscrito. Tres niños muertos, destrozados por el impacto de un rayo, vuelven a la vida como si nada hubiera pasado gracias a la mediación de una imagen ya reconocida como milagrosa por aquel entonces pero a raíz de lo cual su fama se extendió de manera veloz. Y hubo un detalle que resulta tan curioso como revelador: el rostro de la imagen que se convertiría desde aquel día en patrona del pueblo apareció tiznado tras la curación de los niños, como si de forma sobrenatural hubiera absorbido el daño causado a los pequeños por aquel rayo maldito. Por ello, y hasta el momento actual, la talla es conocida popularmente por el apodo de La Tizná
jerez_del_marquesado_vista_general

Reliquias originales

El destrozo del legado religioso que se produjo en nuestro país durante la Guerra Civil ha supuesto que la talla de esta Virgen no sea la original. Pero en este caso no todo se perdió tras el ataque de los milicianos a la iglesia. A finales de los años treinta el pueblo y su templo fueron tomados por el bando republicano, y el interior de la parroquia fue destrozado a base de golpes y disparos. Aún pueden observarse en el artesonado del techo las huellas de hollín causadas tras el reiterado uso de la iglesia como lugar para asar animales. Y, como era de esperar, la patrona de la localidad estaba condenada a la destrucción. La prodigiosa figura fue retirada del altar mayor y colocada en el suelo, donde a continuación fue destruida con un hacha. La suerte, o más bien el fervor religioso, quiso que un muchacho de entre seis y siete años tuviera el valor de entrar a hurtadillas en el templo y rebuscar entre los despojos de la Virgen. Aquel niño huyó de la iglesia portando el brazo y el ojo derechos de su venerada patrona. Las reliquias fueron escondidas durante la contienda y, tras el triunfo del bando nacional, un artesano fabricó una nueva imagen de Nuestra Señora de la Purificación, a la que añadió las partes originales salvadas durante la guerra. Ahora el rostro de la patrona no está tiznado, pero, aun así, es un privilegio para el pueblo contar entre su legado con fragmentos de la talla original, entre ellos aquel ojo que antaño contempló a tres niños que volvieron a la vida y que hoy día divisa a un pueblo pleno de amor por su madre espiritual.
(Extracto Más allá de la Ciencia nº238)

Fuente tejiendo el mundo

martes, 18 de enero de 2011

LAS APARICIONES DE GUADALUPE

Se conocen bastantes detalles de las apariciones de la Virgen de Guadalupe gracias a un documento -Nican Mopohua- escrito en 1556, poco después de los hechos. A continuación lo resumimos ligeramente, sin alterar su espléndido lenguaje.
Primera aparición: sábado 9 de diciembre de 1531.
Era muy de madrugada, despuntaba ya el alba. El caballero indio Juan Diego, pobre pero digno (de 57 años, viudo, bautizado hace 3-5 años), oyó cantar como a diversos pájaros preciosos. Se detuvo a ver. Y tan pronto como cesó el canto, cuando todo quedó en calma, entonces oye que lo llaman de arriba del cerrito, le convocan:
- Mi Juanito, mi Juan Dieguito.
En seguida, pero al momento, se animó a ir allá a donde era llamado. Y cuando llegó a su adorable presencia, mucho se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: sus vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban... Ante su presencia se postró. Escuchó su venerable aliento, su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega. Se dignó decirle:
- Escucha bien, hijito mío el más pequeño, mi Juanito: ¿A dónde te diriges?
- Mi señora, mi reina, mi muchachita, allá llegaré a tu casita de México. Voy en pos de las cosas de Dios que se dignan darnos, enseñarnos, quienes son imágenes del Señor, nuestros sacerdotes.
- Ten la bondad de enterarte, por favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani, (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani (del Creador de las personas), de Tloque Nahuaque (del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuicahua Tlaltipaque (del Señor del Cielo y de la Tierra). Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito... Porque en verdad yo me honro en ser madre compasiva de todos Ustedes... Ojalá aceptes ir a al palacio del Obispo de México, y le narres cómo nada menos que yo te envío de embajador para que le manifiestes cuan grande ardiente deseo tengo de que aquí me provea de una casa, de que me levante en el llano mi templo... Ya has oído, Hijo mío el más amado, mi aliento, mi palabra: ¡Ojalá aceptes ir y tengas la bondad de poner todo tu esfuerzo!
- Señora mía, mi Niña, por supuesto que ya voy para poner por obra tu venerable aliento, tu amada palabra. Por ahora de ti me despido, yo, tu humilde servidor.
En seguida bajó para ir a poner por obra su encargo: Vino a tomar la calzada que viene derecho a México. Y cuando hubo llegado al interior de la ciudad, de inmediato y directo se fue al palacio del Obispo que muy recientemente había llegado, D. Fray Juan de Zumárraga. Luego ya le declara, le narra la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y las cosas que admiró, que miró, que escuchó. Y cuando hubo escuchado todas sus palabras, su mensaje, como que no del todo le dio crédito.
Segunda aparición: sábado por la tarde.
Poco después, ya al acabar el día, se vino luego en derechura a la cumbre del cerrito, y allí tuvo la grande suerte de reencontrar a la Reina del Cielo, donde por primera vez la había visto. Lo estaba esperando bondadosamente. Y apenas la miró, se postró en su presencia:
- Dueña mía, Señora, Reina, Hijita mía la más amada, mi Virgencita, fui allá donde Tú me enviaste como mensajero, fui a cumplir tu venerable aliento, tu amable palabra. Aunque muy difícilmente, entré al lugar del Jefe de los Sacerdotes. Lo vi, en su presencia expuse tu venerable aliento, tu amada palabra, como tuviste la bondad de mandármelo. Me recibió amablemente y me escuchó bondadosamente, pero, por la manera como me respondió, no lo estima cierto. Piensa que quizá es mera invención mía, que tal vez no es de tus venerados labios.
Por lo cual, mucho te ruego, Señora mía, mi Reina, mi Virgencita, que ojalá a alguno de los ilustres nobles, que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas que se haga cargo de tu venerable aliento, de tu preciosa palabra para que sea creído. Porque yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, Virgencita mía, Hijita mía la más amada, Señora, Reina. Por favor, perdóname: afligiré tu venerado rostro, tu amado corazón. Iré a caer en tu justo enojo, en tu digna cólera, Señora, Dueña mía.
- Escucha, hijito mío el más pequeño, ten por seguro que no son pocos mis servidores, mis embajadores mensajeros; mas es indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione, que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que se lleve a cabo mi voluntad, mi deseo. Y muchísimo te ruego, hijito mi consentido, y con rigor te mando, que mañana vayas otra vez a ver al Obispo. Y de mi parte adviértele, hazle oír muy claro mi voluntad, mi deseo para que realice, para que haga mi templo que le pido.
- Señora mía, Reina, Virgencita mía, ojalá que no aflija yo tu venerable rostro, tu amado corazón; con el mayor gusto iré, voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero penoso el camino... Ya me despido, Hijita mía la más amada, Virgencita mía, Señora, Reina. Por favor, quédate tranquila.
Al día siguiente, Domingo, muy de madrugada, cuando todo estaba aún muy oscuro, de allá salió de su casa. Y como a las diez de la mañana estuvo dispuesto: había oído Misa, se había pasado lista, se había dispersado toda la gente. Y él, Juan Diego, luego fue al palacio del Señor Obispo. Y tan pronto como llegó, hizo todo lo posible para tener el privilegio de verlo, y con mucha dificultad otra vez tuvo ese honor. A sus pies hincó las rodillas, llora, se pone triste, en tanto que dialoga, mientras le expone el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo, para ver si al fin era creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen.
Y el Señor Obispo muchísimas cosas le preguntó, le examinó. Todo lo narró al Señor Obispo, con todos sus detalles, pero no estuvo de acuerdo de inmediato, sino que le dijo que era todavía indispensable algo como señal para que poder creerle que era precisamente Ella, la Reina del Cielo, quien se dignaba enviarlo de mensajero.
Y tan pronto como lo oyó, Juan Diego dijo respetuosamente al Obispo: Señor Gobernante, por favor sírvete ver cuál será la señal que tienes a bien pedirle, pues en seguida me pondré en camino para solicitársela a la Reina del Cielo, que se dignó enviarme acá de mensajero. Y cuando vio el Obispo que todo lo confirmaba, que desde su primera reacción en nada titubeaba o dudaba, luego lo despidió; apenas hubo salido, luego ordenó a algunos criados, que fueran detrás de él, que cuidadosamente lo espiaran a dónde iba, y a quién veía o hablaba. Y así se hizo. Pero lo perdieron de vista. Y se confabularon unos con otros, que si llegaba a volver, a regresar, allí lo habían de agarrar y castigar duramente para que otra vez ya no ande contando mentiras, ni alborotando a la gente.
Entre tanto Juan Diego estaba en la presencia de la Santísima Virgen, comunicándole la respuesta que venía a traerle de parte del Señor Obispo.
-Así está bien, Hijito mío el más amado, mañana de nuevo vendrás aquí para que lleves al Gran Sacerdote la prueba, la señal que te pide. Con eso en seguida te creerá, y ya, a ese respecto, para nada desconfiará de ti ni de ti sospechará. Y ten plena seguridad, Hijito mío predilecto, que yo te pagaré tu cuidado, tu servicio, tu cansancio que por amor a mí has prodigado. ¡Animo, mi muchachito! que mañana aquí con sumo interés habré de esperarte.
Las flores; lunes, día 11.
Pero a la mañana siguiente, cuando Juan Diego debería llevarle alguna señal suya para ser creído, ya no regresó, porque cuando fue a llegar a su casa, a un tío suyo, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad, estaba en las últimas, por lo que se pasó el día buscando médicos. Al anochecer, le rogó instantemente su tío que, todavía de noche, antes del alba, le hiciera el favor de ir a Tlaltelolco a llamar a algún sacerdote para que viniera, para que se dignara confesarlo porque estaba del todo seguro que ya no habría de levantarse, que ya no sanaría. Y el martes, todavía en plena noche, de allá salió, de su casa, Juan Diego, a llamar al sacerdote, allá en Tlatelolco.
Y cuando ya vino a llegar a la cercanía del cerrito Tepeyac, donde antes él pasara, se dijo: Si sigo de frente por el camino, no vaya a ser que me vea la noble Señora, porque como antes me hará el honor de detenerme para que lleve la señal al Jefe de los Sacerdotes. En seguida le dio la vuelta al monte por la falda, subió a la otra parte, por un lado, para ir a llegar rápido a México, para que no lo demorara la Reina del Cielo. Se imaginaba que por dar allí la vuelta, no iba a verlo Aquella cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté mirando.
Pero le vino a salir al encuentro de lado del monte, vino a cerrarle el paso, se dignó decirle:
- ¿Qué hay, Hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas?.
- Mi Virgencita, Hija mía la más amada, mi Reina, ojalá estés contenta. ¿Cómo amaneciste? ¿Estás bien de salud?, Señora mía, mi Niñita adorada? Causaré pena a tu venerado rostro, a tu amado corazón: Por favor, toma en cuenta, Virgencita mía, que está gravísimo un criadito tuyo, tío mío. Una gran enfermedad en él se ha asentado, por lo que no tardará en morir. Así que ahora tengo que ir urgentemente a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de nuestro Señor, de nuestros sacerdotes, para que tenga la bondad de confesarlo, de prepararlo. Puesto que en verdad para esto hemos nacido: vinimos a esperar el tributo de nuestra muerte. Pero, aunque voy a ejecutar esto, apenas termine, de inmediato regresaré aquí para ir a llevar tu venerable aliento, tu amada palabra, Señora, Virgencita mía. Por favor, ten la bondad de perdonarme, de tenerme toda paciencia. De ninguna manera en esto te engaño, Hija mía la más pequeña, mi adorada Princesita, porque lo primero que haré mañana será venir a toda prisa.
- Por favor presta atención a esto, ojalá que quede muy grabado en tu corazón, Hijo mío el más querido: No es nada lo que te espantó, te afligió. Por favor no temas esta enfermedad, ni en ningún modo a enfermedad otra alguna o dolor entristecedor. ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? Por favor, que ya ninguna otra cosa te angustie, te perturbe, ojalá que no te angustie la enfermedad de tu honorable tío, de ninguna manera morirá ahora por ella. Te doy la plena seguridad de que ya sanó. (Y luego, exactamente entonces, sanó su honorable tío, como después se supo).
Y Juan Diego, apenas oyó el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, mucho con ello quedó satisfecho su corazón. Y le suplicó instantemente que de inmediato tuviera a bien enviarlo de mensajero para ver al gobernante Obispo, para llevarle la señal, su comprobación, para que le crea. Y la Reina del Cielo de inmediato se sirvió mandarle que subiera arriba del cerrito:
- Sube, Hijito mío queridísimo, arriba del cerrito, donde me viste y te di órdenes. Allí verás que están sembradas diversas flores: Córtalas, reúnelas, ponlas juntas. Luego bájalas acá, ante mí tráemelas.
Y acto continuo, Juan Diego subió al cerrito. Y al alcanzar la cumbre, quedó mudo de asombro ante las variadas, excelentes, maravillosas flores, todas extendidas, cuajadas de capullos reventones, cuando todavía no era su tiempo de darse. Porque en verdad entonces las heladas son muy fuertes. Su perfume era intenso, y el rocío de la noche como que las cuajaba de perlas preciosas. En seguida se puso a cortarlas, todas absolutamente las juntó, llenó con ellas el hueco de su tilma. Y conste que la cúspide del cerrito para nada es lugar donde se den flores, porque lo que hay en abundancia son riscos, abrojos, gran cantidad de espinas. Y si algunas hierbezuelas se dan, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo devora, lo aniquila el hielo.
Bajó en seguida trayendo a la Reina del Cielo las diversas flores que le había ido a cortar, y Ella, al verlas, tuvo la afabilidad de tomarlas en sus manecitas, y volvió amablemente a colocárselas en el hueco de su tilma. Se dignó decirle:
- Hijito queridísimo, estas diferentes flores son la prueba, la señal que le llevarás al Obispo. De parte mía le dirás que por favor vea en ella mi deseo, mi voluntad. Y tú... tú eres mi plenipotenciario, puesto que en ti pongo toda mi confianza. Le contarás con todo detalle cómo yo te mandé que subieras al cerrito para cortar las flores, y todo lo que viste y admiraste. Y con esto le conmoverás el corazón al Gran Sacerdote para que interceda y se haga, se erija mi templo que he pedido.
Y al dignarse despedirlo la Reina del Cielo, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, viene feliz, rebosante de alegría, rebosante de dicha su corazón, porque esta vez todo saldrá bien, lo desempeñará bien. Pone exquisito cuidado en lo que trae en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se le caiga. Viene extasiado por el perfume de las flores, tan diferentes y maravillosas.
La imagen; martes día 12.
Y al llegar al palacio episcopal le salió al encuentro el mayordomo y otros criados del señor Obispo. Y les rogó que por favor le dijeran que quería verlo; pero ninguno accedió, no querían hacerle caso, quizá porque aún no amanecía, o quizá porque ya lo conocen, que sólo los fastidia, y porque ya les habían hablado de él sus compañeros que lo habían perdido de vista cuando pretendieron seguirlo.
Muy largo tiempo estuvo esperando la respuesta, y cuando vieron que llevaba ahí tan largo tiempo, cabizbajo, sin hacer nada, a ver si era llamado, notaron que al parecer traía algo en su tilma, y se le acercaron para ver lo que traía. Y al ver Juan Diego que era imposible ocultarles lo que llevaba, y que por eso lo molestarían, lo expulsarían a empellones o lo maltratarían, un poquito les mostró que eran flores. Y al ver que se trataba de diversas y finísimas flores, siendo que no era su tiempo, se asombraron muchísimo, y más al ver cuán frescas estaban, cuán abiertas, cuán exquisito su perfume, cuán preciosas, y ansiaron coger unas cuantas, arrebatárselas. Y no una, sino tres veces se atrevieron a agarrarlas, pero fracasaron, porque cuando pretendían tomarlas, ya no podían ver flores, sino las veían como pinturas, como bordados o aplicaciones en la tilma.
Con eso, en seguida fueron a decirle respetuosamente al Señor Obispo lo que habían visto, y que pretendía verlo el indito que ya tantas veces había venido. Y tan pronto como el Señor Obispo escuchó eso, captó su corazón que esa era la prueba. De inmediato se sirvió llamarlo, que en seguida entrara a casa para verlo. Y cuando entró, se prosternó en su presencia, como toda persona bien educada. Y de nueva cuenta, y con todo respeto, le narró todo lo que había visto, admirado, y su mensaje.
- Mi Señor, Gobernante, ya hice, ya cumplí lo que tuviste a bien mandarme, y así tuve el honor de ir a comunicarle a la Señora, mi Ama, la Reina del Cielo, venerable y preciosa Madre de Dios, que tú respetuosamente pedías una señal para creerme, y para hacerle su templecito, allí donde tiene la bondad de solicitarte que se lo levantes. Y se prestó gustosa a tu solicitud de alguna cosa como prueba, como señal. Y hoy, siendo aún noche cerrada, se sirvió enviarme a la cumbre del cerrito, donde antes había tenido el honor de verla, para que fuera a cortar flores diferentes y preciosas. Y luego que tuve el privilegio de ir a cortarlas, se las llevé abajo. Y se dignó tomarlas en sus manecitas, para de nuevo dignarse ponerlas en el hueco de mi tilma, para que tuviera el honor de traértelas y sólo a ti te las entregara.
Pese a que yo sabía muy bien que la cumbre del cerrito no es lugar donde se den flores, puesto que sólo abundan los riscos, abrojos, espinas, no por ello dudé, no por eso vacilé. Cuando fui a alcanzar la cumbre del montecito, quedé sobrecogido: ¡Estaba en el paraíso! Allí estaban reunidas todas las flores preciosas imaginables, de suprema calidad, cuajadas de rocío, resplandecientes, de manera que yo -emocionado- me puse en seguida a cortarlas. Y se dignó concederme el honor de venir a entregártelas, que es lo que ahora hago, para que en ellas te sirvas ver la señal que pedías. Y para que quede patente la verdad de mi palabra, de mi embajada, ¡Aquí las tienes, hazme el honor de recibirlas!
Y en ese momento desplegó su blanca tilma, en cuyo hueco, estando de pie, llevaba las flores. Y así, al tiempo que se esparcieron las diferentes flores preciosas, en ese mismo instante, apareció de improviso la venerada imagen de la siempre Virgen María, Madre de Dios, tal como ahora tenemos la dicha de conservarla, guardada ahí en lo que es su hogar predilecto, su templo del Tepeyac, que llamamos Guadalupe.
Y tan pronto como la vio el señor Obispo, y todos los que allí estaban, se arrodillaron pasmados de asombro, profundamente conmovidos, suspensos su corazón, su pensamiento. Y el señor Obispo, con lágrimas de compunción le rogó y suplicó le perdonara por no haber ejecutado de inmediato su santa voluntad, su venerable aliento, su amada palabra. Y poniéndose de pie, desató del cuello la vestidura, el manto de Juan Diego, en donde está estampada la Señora del Cielo, y en seguida, con gran respeto, la llevó y la dejó instalada en su oratorio.
Un día entero pasó Juan Diego en casa del Obispo, él tuvo a bien retenerlo. Y al día siguiente le dijo: - ¡Vamos! para que muestres dónde es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan su templecito. De inmediato se convidó gente para hacerlo, para levantarlo.
Aparición al tío
Y Juan Diego, una vez que les hubo mostrado dónde se había dignado mandarle la Señora del Cielo que se levantara su templecito, luego les pidió permiso. Aun quería ir a su casa para ver a su honorable tío Juan Bernardino, que estaba en cama gravísimo cuando lo había dejado y venido para llamar a algún sacerdote. No lo dejaron ir solo, sino que lo escoltaron hasta su casa. Y al llegar vieron a su venerable tío que estaba muy contento, ya nada le dolía. Y él quedó muy sorprendido de ver a su sobrino tan escoltado y tan honrado. Y le preguntó a su sobrino por qué ocurría aquello, por qué tanto lo honraran.
Y él le dijo cómo cuando salió a llamar al sacerdote para que lo confesara y preparara, allá en el Tepeyac bondadosamente se le apareció la Señora del Cielo, y lo mandó como su mensajero a ver al Señor Obispo para que se sirviera hacerle una casa en el Tepeyac, y tuvo la bondad de decirle que no se afligiera, que ya estaba bien, con lo que quedó totalmente tranquilo.
Y le dijo su venerable tío que era verdad, que precisamente en ese momento se dignó curarlo. Y que la había visto ni más ni menos que en la forma exacta como se había dignado aparecérsele a su sobrino. Y le dijo cómo a él también se dignó enviarlo a México para ver al Obispo. Y que, cuando fuera a verlo, que por favor le manifestara, le informara con todo detalle lo que había visto, y cuán maravillosamente se había dignado sanarlo, y que condescendía a solicitar como un favor que a su preciosa imagen precisamente se le llame, se le conozca como la siempre virgen santa María de Guadalupe.
Y a ambos, a él y a su sobrino, los hospedó el Obispo en su casa unos cuantos días, durante todo el tiempo que se erigió el templecito de la Soberana Señora. Y el señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la preciosa y venerada imagen de la preciosa Niña del Cielo, para que toda la gente pudiera ver su maravillosa imagen. Absolutamente toda la ciudad se puso en movimiento ante la oportunidad de ver y admirar su preciosa y amada imagen. Venían a reconocer su carácter divino, a tener la honra de presentarle sus plegarias, y mucho admiraban todos la forma tan manifiestamente divina que había elegido para hacerles la gracia de aparecerse, como que es un hecho que a ninguna persona de este mundo le cupo el privilegio de pintar lo esencial de su preciosa y amada imagen.
Fuente internet

El milagro permanente de la imagen de Guadalupe.

A. EL MILAGRO PERMANENTE.
1. ¿La Santísima Virgen hace milagros? Los milagros son obra de Dios, pero muchas veces el Señor actúa atendiendo los ruegos de su Madre (Madre de Dios), que es nuestra principal intercesora ante Él. En estos casos se habla de milagros marianos.
2. ¿Hay muchos milagros marianos? A lo largo de la historia, nuestra Señora se ha desvivido por sus hijos con manifestaciones de cariño a veces corrientes, a veces extraordinarias. Ha habido apariciones y curaciones abundantes. Muchas de ellas documentadas con precisión. El de Guadalupe es un famoso milagro que puede comprobarse actualmente.
3. ¿Un resumen de lo que sucedió? Nos situamos el 12.12.1531, en vida de Hernán Cortés, que diez años antes había dominado Mexico. Nuestra Señora se apareció al indio Juan Diego y le indicó que hablara con el obispo porque deseaba que allí se construyera una iglesia. El obispo pidió a Juan Diego una prueba. Nuestra Señora volvió a presentarse ante el indio y le dijo que llevara al obispo unas rosas que allí había (no crecen en esa época del año). Juan Diego asombrado de verlas cortó un montón, las tomó en su manto o tilma y se presentó ante el obispo. Al extender la tilma, cayeron las rosas y la Virgen dejó grabada su imagen en el manto.
A partir de entonces, y en sólo siete años, se bautizaron cinco millones de aztecas.
4. ¿Milagros actuales del manto?
  • Este tipo de tilmas confeccionadas con fibra vegetal duran un máximo de 15 - 20 años. El de Guadalupe se conserva desde hace más de 400 años, a pesar de muchas condiciones adversas como la continua frotación de la gente (actualmente está más protegido).
  • La temperatura del manto de Guadalupe coincide con la del cuerpo humano sano.
  • La figura lleva una cinta a la cintura que recuerda a las mujeres embarazadas. Aplicando un estetoscopio médico al manto se escuchan latidos entre 115 y 120 al minuto que coinciden con los de un niño en el seno materno.
5. ¿Milagros en la imagen de Guadalupe?
  • El tejido es muy basto, pero la imagen muy detallada. Los infrarojos confirman que no hay imprimación, ni bocetos previos, ni pinceladas.
  • En 1936 el Dr. Richard Khun -futuro Nobel de química- analizó la pintura y concluyó que los pigmentos no eran de origen vegetal, ni animal, ni mineral, ni sintéticos; y no coincidían con ningún elemento del sistema periódico.
  • Se pasó un rayo láser de costado para estudiar las capas y se comprobó que la imagen de Guadalupe no toca el tejido sino está suspendida en el aire a 0,3 mm. del manto.
6. ¿Los milagros de los ojos?
  • Casi a simple vista se observa un busto humano en los ojos de la Virgen. Y esta imagen cumple las leyes ópticas de los reflejos en los ojos.
  • Ampliando digitalmente el ojo 2500 veces, se descubren en la pupila doce personas. Comparándolas con documentos históricos, se distingue al obispo Juan de Zumárraga ante quien Juan Diego extendió su manto. Se concluye que en el manto se grabó la imagen de la Virgen incluyendo lo que María veía en sus ojos antes de grabar su imagen en la tilma.
  • Ampliando la imagen 1000 veces más centrándonos en la pupila de un indio allí sentado, se distingue un rostro que el indio veía.
7. Una consecuencia.- El milagro que se observa en la ampliación digital de los ojos sólo se ha podido descubrir con los medios técnicos del siglo XX. Como Dios nuestro Señor no hace milagros por capricho, podemos asegurar que este hecho de los ojos ha sido realizado en el siglo XVI para fortalecer la fe de quienes vivimos en la era informática.

Fuente internet

miércoles, 5 de enero de 2011

Calanda “Un milagro como ningún otro”



Cuando no existe más recurso que la fé

¿Existen o no existen los milagros? Como todos los temas que nos rodean existiran quienes crean y quienes no pero hay momentos en que todo puede ir al traste con la ciencia y con todo lo que la lógica enseña, tal es el caso de Miguel Juan Pellicer.

La Oficina Médica de Lourdes es un ente que desde 1882 se encarga de recibir los millones de casos de curaciones supuestamente milagrosas de todo el mundo y de todos los credos, que van desde católicos hasta ateos racionalistas; para que se declare un milagro se aplican cuatro criterios: que el diagnóstico de la enfermedad sea perfectamente claro, que el pronóstico sea permanente o terminal a breve plazo, que la curación sea súbita, y que ningún tratamiento pueda considerarse como origen de esa curación, ni siquiera que la haya favorecido por esta razón. Menos de un centenar de estos casos son verdaderamente aceptados como tales; pero bien vale decir casi sin temor a equivocarse que ninguno o casi ningún otro tiene las caracteristicas del de aquel a quien nos referimos y que llevara al propio rey Felipe IV a besar la pierna de un súbdito suyo como lo confirma la historia.


Nuestro protagonista nació en Calanda (Teruel) en Marzo de 1617 en una humilde familia de labradores y a los 19 años se traslada a Castellón, a casa de un tío suyo. Según la narración, llevando un día de finales de julio de 1637, un carro cargado de trigo y tirado por dos mulas, sobre una de las cuales cabalgaba Miguel Juan, cayó éste a tierra, pasándole una rueda del carro sobre su pierna derecha y fracturándole la tibia en su parte central.

Es trasladado a Valencia e ingresa en el Hospital Real el día 3 de agosto de 1.637, según consta en el Libro de Registro, que aún se conserva. En este hospital sólo permanece cinco días, ya que añora sus tierras por lo que solicita permiso para trasladarse a Zaragoza, y después de casi dos meses de un tortuoso viaje llega a su destino a primeros de octubre de 1637.

La primera visita que realiza en Zaragoza, nada más llegar, es al Templo de Nuestra Señora del Pilar de la cual es muy devoto. Y a continuación es ingresado en el Hospital General de Nuestra Señora de Gracia, allí le atiende el cirujano Juan de Estanga, a la sazón Catedrático de medicina de la Universidad de Zaragoza. Viendo el lamentable estado de la pierna de Pellicer -que se encontraba ya en estado gangrenoso-, y tras consultar con los cirujanos Miguel Beltrán y Diego Millaruelo, decide amputarle la extremidad unos cuatro centímetros por debajo de la rodilla.  Dicha pierna fue enterrada por un practicante en el cementerio del hospital, dentro de un hoyo “como un palmo de hondo”. Se le dió de alta en el hospital, se le colocó una pierna de madera y se le proporcionó una muleta en la primavera de 1638.

Para sobrevivir hubo de recurrir a la limosna en una de las puertas del Templo del Pilar  lo que aprovechaba para oir misa todos los días en la Santa Capilla, a la vez que se ungía con aceite de las lámparas el muñón de la pierna para intentar suavizar el dolor.

Esta vida de Miguel Juan duró unos dos años, ya que decidió volver a su casa de Calanda.

En la primera semana de marzo de 1640 inicia su viaje de retorno a Calanda, llegando el 29 de marzo de 1640. Después de una dura jornada de trabajo en su casa, al llegar la noche, y habiéndole preparado su madre una yacija improvisada con un serón de esparto y sobre él un pellejo, al lado del lecho conyugal, debido a que su habitación la empleaba un soldado que se alojaba en su casa, se duerme. Eran aproximadamente las diez de la noche cuando según relatan, que entre las diez y media y las once de la noche entran sus padres en la habitación “a luz de candil”, y perciben una “fragancia y olor suave no acostubrados allí”, y al acercarse su madre para comprobar como se había acomodado Miguel Juan en el lecho improvisado de aquella noche, lo encuentra durmiendo, pero, según la leyenda local, ve admirada que por debajo de la capa paterna asomaban no uno sino los dos pies cruzados. Sus padres lo despertaron del profundo sopor en que se encontraba, ya en los primeros momentos, a la luz del candil logran observar la persistencia de viejas cicatrices de la “pierna amputada” las cuales eran la de la carreta al pasar por encima, una de un grano mal curado y otra de un perro que le había mordido, como al momento del accidente el joven aún no había completado su desarrollo la pierna era un poco más corta que la otra por lo que se le conoció como el cojo de Calanda debieron pasar 2 meses antes que estuviese completamente normal.

El día 2 de abril, cinco días después D. Miguel Andreu  notario de Mazaleón, levanta acta notarial de “tan impresionante hecho”. El original de esta Acta con todo el protocolo del año 1640, se conserva en el Archivo del Ayuntamiento de Zaragoza, el 25 de abril Miguel Juan y sus padres llegan a Zaragoza para dar gracias a la Virgen del Pilar.  El Cabildo de Zaragoza remitió al Conde-Duque de Olivares la información del hecho para que, a su vez, la pusiera en conocimiento del Rey Felipe IV. Declaran en dicho proceso: Facultativos y sanitarios (5 personas), entre ellos el cirujano que le amputó la pierna, familiares y vecinos (5 personas), autoridades locales (4 personas), autoridades eclesiásticas (4 personas), personajes diversos (6 personas, destacando a dos mesoneros de Samper de Calanda y de Zaragoza).

 
Acta Notarial

La Iglesia reconoce el hecho como “milagro” el día 27 de abril de 1641.

A finales del siglo XVII comienza la construcción en Calanda de un templo, ubicado en la casa en donde se ubicara la habitación del joven y dedicado a la Vírgen del Pilar, a quien se le atribuye el milagro.


Iglesia del Pilar

Lo que hace más sobresaliente el hecho es la gran cantidad de documentación histórica que le respalda al igual que la cantidad de testigos del hecho personas de las poblaciones donde estuvo Miguel y que le vieron antes y después del milagro.

Creer o no creer ya es cuestión de cada uno,  como todo este hecho tiene sus opositores pero es díficil que no exista por lo menos el beneficio de la duda cuando son tantos personajes y de tan diversos estatus los que dan fe del suceso.

Fuente tejiendo el mundo